4:30 de la mañana, llego tarde a la estación de autobuses, todos mis compañeros están ya esperándome, me despido de mis padres y al poco tiempo ya estoy montada en el bus rumbo al aeropuerto de Madrid; son casi cinco horas de viaje aunque transcurren sin apenas darme cuenta, al llegar a Barajas tomamos el avión con destino a Roma (Italia) ciudad monumental llena de encanto, que tantas veces había visto en las fotografías del libro de sociales.
Bajo del avión y junto con mi clase cojo un segundo autobús que no llevará hasta el hotel; en nuestra primera toma de contacto con la capital a algunos amigos les sorprende la similitud paisajística con algunos pueblos costeros como Cambrils y La Pineda, algo que solo se ve confirmado en el extrarradio, ya que el centro era una maravilla todavía oculta a nuestros ojos y que sin duda me dejaría con la boca abierta.
La primera tarde que pasé en Roma, visitamos un poco por encima alguno de los sitios más emblemáticos, tuve el placer de observar La Fontana di Trevi en la embriagadora oscuridad de la noche con una luminosidad especial que le aportaban los focos y los haces de luna llena que atravesaban las finas gotas de la densa lluvia con la que nos recibió Roma, y la plaza España que debido a la tormenta lucía inmensa para un pequeño público acurrucado bajo paraguas y chubasqueros con el fin de acurrucarse del intenso aguacero. Al llegar al hotel a pesar de mi cansancio todavía era un poco inconsciente de que después de haber esperado tantos meses para que se realizara el viaje por fin estaba allí.
Los cuatro días que pasamos en la ciudad se me hicieron extremadamente cortos, visitamos un montón de lugares a un ritmo frenético, paseamos entre las tiendas de souvenirs para comprar regalos a nuestras familias y sobre todo comimos un montón de pizzas, pasta y helados (que no tienen nada que ver con los que podemos encontrar aquí).
El tiempo pasaba y yo no quería que llegara el día de volver a España, Roma es un lugar realmente hermoso y que merece la pena visitar, en verdad creo que lo mejor que puedes hacer cuando te encuentras en una ciudad como esta es simplemente pasear sin rumbo fijo y dejar que la ciudad te absorba; porque no hay detalles que perder, es por eso por lo que yo no hice muchas fotos ya que ninguna fotografía puede reflejar con suficiente calidad lo que se muestra ante tus ojos así que preferí guardar todos los mejores momentos en mi retina en lugar de en una cámara.
Pero como todo lo bueno tiene fecha de caducidad llegó el día de volver a casa y yo simplemente no quería irme, no quería dejar atrás esa ciudad que me había cautivado y que tantas momentos me había hecho vivir, mas tanto yo como el resto de mis compañeros no tuvimos más remedio que hacer la maleta, abandonar Roma y subir al autobús que nos llevaría de vuelta al aeropuerto.
Ese bus significaba un adiós, el fin de un sueño, pero ami no me gustan las despedidas así que en vez de adiós preferí decir hasta luego porque tengo muy claro que a pesar de que ha sido mi primera visita no será la última.
Bajo del avión y junto con mi clase cojo un segundo autobús que no llevará hasta el hotel; en nuestra primera toma de contacto con la capital a algunos amigos les sorprende la similitud paisajística con algunos pueblos costeros como Cambrils y La Pineda, algo que solo se ve confirmado en el extrarradio, ya que el centro era una maravilla todavía oculta a nuestros ojos y que sin duda me dejaría con la boca abierta.
La primera tarde que pasé en Roma, visitamos un poco por encima alguno de los sitios más emblemáticos, tuve el placer de observar La Fontana di Trevi en la embriagadora oscuridad de la noche con una luminosidad especial que le aportaban los focos y los haces de luna llena que atravesaban las finas gotas de la densa lluvia con la que nos recibió Roma, y la plaza España que debido a la tormenta lucía inmensa para un pequeño público acurrucado bajo paraguas y chubasqueros con el fin de acurrucarse del intenso aguacero. Al llegar al hotel a pesar de mi cansancio todavía era un poco inconsciente de que después de haber esperado tantos meses para que se realizara el viaje por fin estaba allí.
Los cuatro días que pasamos en la ciudad se me hicieron extremadamente cortos, visitamos un montón de lugares a un ritmo frenético, paseamos entre las tiendas de souvenirs para comprar regalos a nuestras familias y sobre todo comimos un montón de pizzas, pasta y helados (que no tienen nada que ver con los que podemos encontrar aquí).
El tiempo pasaba y yo no quería que llegara el día de volver a España, Roma es un lugar realmente hermoso y que merece la pena visitar, en verdad creo que lo mejor que puedes hacer cuando te encuentras en una ciudad como esta es simplemente pasear sin rumbo fijo y dejar que la ciudad te absorba; porque no hay detalles que perder, es por eso por lo que yo no hice muchas fotos ya que ninguna fotografía puede reflejar con suficiente calidad lo que se muestra ante tus ojos así que preferí guardar todos los mejores momentos en mi retina en lugar de en una cámara.
Pero como todo lo bueno tiene fecha de caducidad llegó el día de volver a casa y yo simplemente no quería irme, no quería dejar atrás esa ciudad que me había cautivado y que tantas momentos me había hecho vivir, mas tanto yo como el resto de mis compañeros no tuvimos más remedio que hacer la maleta, abandonar Roma y subir al autobús que nos llevaría de vuelta al aeropuerto.
Ese bus significaba un adiós, el fin de un sueño, pero ami no me gustan las despedidas así que en vez de adiós preferí decir hasta luego porque tengo muy claro que a pesar de que ha sido mi primera visita no será la última.
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